La alegría del yantar

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Gaudium es una voz latina que significa Alegría y así se llama el café restaurante de Sara de Ur. En realidad no hemos querido sino cumplir al dictado el pensamiento del eminente humanista Erasmo de Rotterdam cuando nos conmina a alejad de la mesa el silencio y la melancolía. Y muchos otros ejemplos podrían aquí traerse para atestiguar que la mesa es fiesta y celebración, risa y alegría. El poeta romano Marcial habla excitado del pernil de Cerdaña y del poderoso vino de Tarragona. Plinio el Viejo, en cambio, alaba los caldos andaluces y baleares y una salsa llamada garum muy apreciada en Roma y obtenida de la fermentación de la caballa en salmuera. Los testimonios serían incontables: Ausonio se emociona con el trigo dorado, con el atún y con los gallos, Aulo Gelio suspira por las morenas, Plinio por las ostras. El garbanzo fascinaba al general cartaginés Asdrúbal que fue –habla la leyenda- quien lo introduce en Hispania, nombre que tiene su origen en i-sepham-in, es decir, la costa de los conejos, aludida por Catulo.

La Edad Media hace de la mesa, fiesta, regocijo y algarabía. Y de los manjares, caricia del paladar. El geógrafo árabe Al Idrisi alaba las legumbres y la miel; el viajero judío Benjamín de Tolosa ya describe los rasgos de la cocina hebrea a base de adefina, pan sin levadura, cordero sin tara y peces con escamas, mientras los nobles cristianos engullían sin disimulo capones y perniles hasta el punto que el monje Francesc Eiximenis prescribía que un gran príncipe todos los días coma gallinas y otras nobles viandas, placer vedado a un simple caballero, a un menestral y, desde luego, a un religioso. Y López de Ayala anuda la fiesta de la caza con la fiesta

de la mesa por la que pasarán rebecos y jabalíes, aves y corzos. Para el pueblo llano quedaban los quesos y las legumbres secas, habas y lentejas, y la cosecha del huerto. El pan, blanco o de cedazo, se reservaba para unos pocos; y entre las frutas, higos, cerezas, membrillos, manzanas y uvas son las más apetecidas. Y no olvidemos las especias: el jengibre y el azafrán, la pimienta y el anís; ni los postres: dulces de almendra y miel, cremas, galletas, almíbares y chocolates. Una invitación, en fin, a la fiesta de la boca y de los sentidos.

En Gaudium todo está listo para la fiesta: una suntuosa y mágica decoración, los guisos excelentes, los olores, los sabores, en ocasiones la música ... Y mientras la cocina espera órdenes como escribió don Julio Camba, comamos; comamos, considerando que después de nosotros, ya casi nadie va a comer en el mundo, y que las trufas y los vinos que despreciemos ahora, despreciados seguirán quedando por los siglos de los siglos.