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Mundus est fabula, escribió René Descartes hace muchos, muchos años. El mundo es fábula, es ficción, es rumor, es mito. El mundo es teatro, que contaba Calderón, es leyenda, es eco demorado que repite las voces antiguas y nuevas y que nosotros hemos querido reunir en esta caja de música que es Sara de Ur. Porque Sara de Ur no es solamente un pequeño hotel con encanto. En sus adentros hemos tratado de representar la belleza de las cosas pequeñas creando un universo particular para tu alegría y contento. Porque las cosas que nos rodean tienen su liturgia y su compostura; y su manera de mirar, naturalmente. Y es por esto que los muebles pueblan el hotel por pequeños rebaños y alguno se abanica en solitario como ese espléndido mueble torrefactor del salón, de cerezo macizo, tintado y encerado, que huele a café y a hoja de tabaco todavía. O el especiero de la entrada amenizado por leyendas e ingenuos dibujos de plantas aromáticas. O las alfombras mostrando sus runas y encendidos colores en animados tío-vivos mientras las paredes son escaladas por torrentes cromáticos, y uno cree recordar esos versos callados de Juan de Yepes cuando dice ... Y veánte mis ojos Pues Sara de Ur es, desde luego, un festín para el ojo que se asombra y que se conmueve pero también una voz anciana que nos emplaza y nos interpela. Salga al jardín. Algo le sobrecogerá. No sé. Tal vez sea la pequeña procesión de encinas que nos sale al paso; quizá un viejo oratorio vernáculo, tosco y esférico, presidido por un Pantocrator o Cristo en majestad con la leyenda Ego sum lux mundi; o los desnudos y altos chopos que se recortan contra la piedra. Acaso sea el color almagre del tapial y el dulce alabeo de los muros dados de llana con las manos; o la raya añil en el brocal del pozo, o el gorrión y el mirlo sobre el alfeizar de la ventana o incluso el denso perfume a clavo del viburnum o la inmóvil fragancia del espliego. Sara de Ur es un humilde lugar donde son posibles esos encuentros que lindan y deslindan el tiempo y el silencio y donde se preña el mestizaje de la belleza con las estancias del alma. Un tiempo moroso y promiscuo que se complace con la callada compañía de las pequeñas cosas. Un lugar con una casa, un pozo de agua fresca y árboles, y unos pájaros que cantan, y que toma su nombre de la mujer del viejo Abraham, Sara, natural de Ur, antigua ciudad de Caldea, en Mesopotamia, cuyo relato lleno de candor y hermosura cuenta el Libro del Génesis y recrea don José Jiménez Lozano y cuya lectura le recomendamos a la sombra de la encina de Mambré. |





