Aires y luces en el jardín
Unas palmeras abren la puerta al jardín. Un jardín que pone fin al exilio del hombre expulsado del primitivo Edén. Pues el jardín es el lugar de las delicias y un paraíso místico y oriental al mismo tiempo. El jardín tiene un cercado de color rojo; es de piedra y tierra y fue levantado con las manos y repasado con la llana; entre sus muros de arcilla y cal, de óxido y almagre, quedaron pequeños huecos o nidos, patrimonio de los pájaros, como en muchas medianerías islámicas.
En el jardín también hay un pozo del que mana agua refrescante. El pozo está encalado de blanco y, en su centro, le encinta una raya añil que produce alegría y aviva el recuerdo. Y también soplan las brisas, muchas en La Cabrera, estableciendo animadas conversaciones con los árboles que a veces concluyen en amenazantes broncas y ruidosos vituperios. Pero, por lo general, es el carro del sol quien manda, graduando las luces y las sombras, enalteciendo las flores y acariciando las hierbas y las hojas de las plantas.
Al alba, la luz tibia se descompone y organiza en rápidas secuencias hasta coger corpulencia y el ocaso, con la luz ya madura y cansada, vomita rojos y volcánicos colorines al caer de la tarde. A veces, el jardín se vuelve fresa, o berengena o azul prusia.
El interior está atravesado por algunos senderos. Unos conducen a la casa, escoltados por una milicia de encinas en reposo; otros hacia un brocal ciego que sirve de abrevadero a los pájaros. Uno más nos deja frente a una capillita de piedra, enfoscada con mortero blanco en sus adentros, desnuda, con una leyenda solamente: Yo soy la luz del mundo.
Pues esto es nuestro jardín: un lugar para estarse dentro de la tapia, a solas con nuestros sueños, con nuestros amores y nuestros dolores, Y unas salvias y unas madreselvas que nos acompañan, jazmines y alhelíes, hierbabuena. Y un ruiseñor que canta, anuncio de la primavera.